La advertencia de Irán no es un hecho aislado ni un exceso retórico. Es la respuesta directa a una política exterior que dejó de ser política de Estado para convertirse en una extensión del temperamento presidencial.
Cuando Teherán acusa a la Argentina de haber cruzado una “línea roja imperdonable” y anticipa una “respuesta proporcionada”, lo que está señalando no es solo una diferencia diplomática: está reaccionando a una secuencia de provocaciones explícitas encabezadas por Javier Milei.
Porque no se trató de una declaración desafortunada. Se trató de una construcción deliberada. Desde Nueva York, el Presidente decidió no solo alinearse con Estados Unidos e Israel, algo que en sí mismo forma parte de cualquier estrategia internacional posible, sino dar un paso más: declarar a Irán como “enemigo” de la Argentina.
La política exterior argentina, incluso en sus momentos de mayor cercanía con potencias, mantuvo históricamente ciertos códigos: prudencia, ambigüedad estratégica, manejo de tensiones. Milei decidió dinamitar ese esquema y reemplazarlo por una lógica de confrontación directa, sin matices y sin cálculo visible de consecuencias.
